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Algunas piedras ...

Algunas piedras, solamente por cortesía con el uncidor, no se rompen ni se deshacen al acometer contra ellas la idea. Deben ser las piedras que ya cumplieron con su inmóvil oficio y no esperan otra cosa que ser devoradas. Tanto les da el artista creador como el viento nómada para trasmutarse en otra parte, para formar otra composición: un cuerpo nuevo.
Pero otras piedras, más jóvenes o más inexpertas ¿quién sabe?, respetadas por la humedad, la que roe el más duro de los huesos, y por el tiempo - que como un cincelador loco cree que todo está hecho de esquinas y cualquier masa la reduce a la nada plana - , saben comportarse como materia blanda y se estremecen y acoplan al hueco que los dedos dejan cuando buscan el resorte del éxtasis que todas las piedras esconden. Así, nunca aparece el alma desnuda de la piedra, sino la del pedrero. La roca se comporta como los espejos y como los lagos donde el artista necesita mirarse. En estas piedras queda inmovilizado el deseo, atrapado por el mineral zoomorfo: embelesado.

Todas, hasta la más pequeña guija, conocen el secreto de la inmovilidad y el olvido, mientras que la verdadera materia blanda de culo de mortadela y venas de alga, atrapada por el ritmo mineral, espera el gesto litófago, el abrazo. Aunque es inútil sugerir ligazón alguna, las piedras, como los espejos, carecen de memoria para las caricias del obrador. Olvidan la cena de las cenizas.

Octavio Colis
Catálogo de la exposición
Ateneo de Madrid, 1991